Supaypa Wasin Tusuq
Desciendo del silencio de la luz,
virgen que sangra
entre la sequía del verdugo.
Soy hijo de Dios y del demonio,
un murmullo de estatuas sin piernas
en búsqueda de un cuerpo como el mío.
Crecí entre cochas y apus,
cerros amautas
que han visto La Edad de la Matanza.
Las teorías del espectro
-- eruditos del eco--
me han catalogado en niveles
de espuma.
Negado fui por el sueño
de los reyes blancos,
por los monarcas radiactivos.
Mis tijeras dobles, mi violín y mi arpa
han sido sacrificados como el cordero
en una ceremonia de neón.
La nieve de enero me conoce.
Supaypa Wasin Tusuq es mi nombre.
y estaré aquí, junto a las nubes,
que por largos siglos han visto mi danza.
Mi casa a las orillas de una serpiente
A esta casa nunca llegó Dios,
ni el agua,
ni la luz,
se quedaron con los terratenientes del sello y del papel,
que todo lo pueden
y todo lo escupen,
en la cantina de la esquina
libando hasta la hora de la hiel:
“Pero,
usted es muy pobre para tener derechos,
joven,
–dijeron entre risas y botellas de caña—
vuelva en diez años o espere
hasta que los chanchos vuelen.”
Sin embargo su desidia no me importó.
Hastiado de cuervos y corbatas,
envolví su indiferencia con papel periódico
y la enterré como a mis tantos perros
con ceremonias de junco en las dunas de Villa.
Ladrillo por ladrillo,
piedra por piedra,
bolsa de cemento
por bolsa de cemento,
cargué con las entrañas de mi casa
cuesta arriba
como una hormiga de pelea
o un toro en armas,
por un callejón sin asfalto
hasta las faldas de mi cerro.
Igual hice con el agua.
La compraba en un cilindro azul
que alguna vez sirvió
para el holocausto de la hiedra
y de los gusanos.
La cargaba en baldes
y tinajas,
sin cuestas o piedras,
manos con sandalias
y pies llenos de tierra.
Mis manos se convirtieron en llagas,
mis llagas en cicatrices,
mis cicatrices en experiencia.
II
Pero no lloré mi dolor.
Muy al contrario.
Para librarme de mi malaya
una víspera la corté en trocitos,
la aderecé con ají rocoto,
vinagre rojo,
una pizca de sal chilcana
y la deje reposar toda la noche
como a una monja de convento.
Al día siguiente,
la salteé con cebollas y tomates,
me la comí con una salsa criolla
servida en una cama de arroz blanco.
Desde entonces
me contenté con mi luna de monasterio,
mis estrellas tímidas como cucarachas,
una radio a pilas,
mis pocos libros,
los amigos del barrio,
y los cables con los que compraba
electricidad a los mercaderes iluminados
de la urbanización vecina.
No tenía mucho en la vida,
pero no me hacía hígado.
Oda al mar de Villa
Desde los cerros de mi infancia
un día te vi caminar hacía mí,
oh, gran vientre del Pacífico,
madre de la vértebra y de su antagonista,
y yo me perdí en tu voz de espuma.
Partidario fui
de tus yuyos y tus peces
de tu media luna y tus cangrejos,
de tus ejércitos de gaviotas y cormoranes
que me defendían de la soledad,
de los pescadores bohemios
que te rezaban una Sarita
para que no los mates.
Sobre tu arena vi
nacer al amor del amor de tu alba
y también lo vi morir de amor
en la última puesta.
Sobre tus olas vi
patalear a los muertos de la guerra,
aún vivos,
a las arañas de mar alianzarse con los rapaces
por las carcasas del muimuy,
a hombres testarudos
asfixiarse
por el fruto de tus hijos,
y los que de pena
se tiraron sin remedio
sobre tus rocas.
Amado fui
por todos los que firmaron mi nombre
sobre tu piel olvidadiza:
una muchacha crespa que
ahora me desconoce,
un perro que decidiste comer una tarde,
mis padres y mis hermanos
que deje lejos,
tú, tú misma cuando te dije que partiría
y trataste de ahogarme con tus besos.
Y seguro pensaste
después de todos estos años
que te había olvidado,
lo siento,
pero no,
no es cierto,
desde mis simples versos
luché largo y tendido
por librarte del Country Club Villa,
del beso negro
que manchaba tu senos,
de los desagües limeños,
de los buques fantasmales de Conchán
que después supe
transportaban la sangre
de nuestros muertos,
hasta que un día
el sol quemó mi esperanza,
te dije adiós,
tuve que refugiarme en otro mar
a las orillas del delfín norteño.
Oda al Mercado Santa Rosa
Debo confesarlo,
un día mi abuela nos presentó,
y yo,
tímido como un pájaro
agaché la cabeza
toque tus manos:
y con una primera vista,
comenzó este gran amor.
Tú tenías
todo lo que buscaba en el mundo,
nunca peleamos,
nunca nos reprochamos nada,
siempre comimos en paz,
era una relación
casi ideal.
En las faldas de Villa
te echabas cada mañana
como una ballena doméstica
y sus seres humanos,
pobres de bolsillo
pero ricos de alma,
te poblaban
de extremo a extremo
entre huaynos andinos
y valses costeños.
Los comerciantes
llegaban
muy temprano
cargando los hijos del mar
y las hijas de la tierra.
Instalaban sus puestos rurales
de palo o estera,
de tela o solo piedra
sobre distintas partes
de tus provocadoras entrañas,
sin importar la garúa,
el fuerte sol
o la diligencia urbana.
Te decoraban
alegremente
en un festival de albor
en varias secciones
para mantener el matiz
y no engañar al sabor,
aunque siempre
todo se me mezclaba
y todo terminaba siendo
un popurrí multicolor.
Entre las frutas
siempre reinaban
las paltas redondas,
altivas princesas,
orgullosas de ser piuranas,
que peleaban en candor
con las guayabas canteñas
de amarillo frescor
de exquisito perfume
¡Qué no de decir de su sabor!
Mas si puedo decir
que las chirimoyas chillonas
y su verde imperial
dirigían perfectamente
al ejército de plátanos,
venidos desde la selva,
y desfilaban gloriosos
en una magnífica
representación:
plátanos de seda por un lado,
plátanos morados por otro
los plátanos manzanos al medio
y los plátanos enanos al fondo.
pacaes,
centuriones del algodón dulce,
lúcumas,
ángeles de la serba
de corazón de almidón,
áurea carne
y celestial gusto,
uvas quebrantas,
borgoñas,
italias,
uvillas,
mollares,
moscateles,
toronteles,
iqueñas,
o simplemente,
acholadas,
como yo,
granadas chilcanas,
chirimoyas yauyinas,
leche arequipeña,
alcachofas guerreras,
espárragos chicamas.
No faltaba
el dios maíz
hijo del sol
y de larga lanza
con sus distintas dentaduras
amarillas
y blancas,
moteadas
y azuladas
rojas,
rosadas,
moradas
y escarlatas.
Arroz del norte,
arcángel
de los segundos
y guisos.
Ni podía faltar
las distintas formas
y pieles
de la diosa papa:
largas
y chatas,
canchán
y tomasas,
negra peruana,
perricholi,
huayro
y coloreada
amarillas
y coloradas,
de Tarma
y de Huamantanga,
pueblo donde mi abuela
jugaba
cuando era aún pequeña.
También habían ollucos
y mashwas,
ocas venidas
desde las grandes alturas
desde el vientre
de los dioses
y apus,
verdaderos reyes
de esta mi tierra.
…
Ahora todo parece distante y lejano,
la memoria es una duna
donde me siento a escribirte
y las manos se me hacen agua
cuando te pienso
y extraño.
Avenida 12 de octubre
Recuerdo que te jactabas de ser avenida
cuando eras solo un camino de arena y polvo,
como una luna ensangrentada
a la que dejaron sin ningún árbol.
Tenias sorgo por un lado,
camotes por el otro,
comenzabas en una Casa Blanca
y terminabas en unos Pantanos de junco.
Avenida 12 de octubre te llamaron
no en recuerdo de Colón,
pero para sellar aquella vez
que llegamos de noche
con esteras y palos
y también invadimos tu continente.
Por tu sendero polvoriento
aún pasan mis dos madres,
mis dos abuelas,
mis veinte tíos,
mis cien primos,
escolares soñadores y soñolientos,
albañiles mal pagados,ropavejeros que te compraran cualquier cosa
o te la cambiaran por un pollito,
panaderos siempre tarde,
curas que un día creyeron en Dios,
monjas que ahora creen en los curas,
misionarios del oro y la chancaca,
antimisionarios del sulfito,
ladrones que se roban entre sí,
autobuses amarillos, morados y rojos,
colectivos que por dos soles cincuenta,
te harán ver las tripas de la serpiente
tanqueros de voz infernal,
vendedores de frutas con parlantes de carro,
militares,
ex militares,
paramilitares,
antimilitares
desmilitares,
hijos de la pre- post y presenta guerra,
hijos de la pera,
perros sin dueño,
más vendedores de fruta,
camiones de pollo clonado,
camiones de Inca-Kola
camiones de Kola sin cola,
-pobres riñones-
ratas de circo,
ratas de casa,
ratas de cuello y corbata,
vacas,
carneros,
cabras,
uno que otro chancho,
más perros.
Pero nunca viste un parque,
una piscina o árboles,
sólo políticos que un día prometieron embelesarte
y ahora cumplen condena.
26 de enero de 1983
Recuerdo bien. Fue un jueves de verano,
uno de mis pocos retratos de niñez,
uno de mis primeros recuerdos.
Todo estaba coloreado por las borlas del Pacífico
sobre el Morro solar, un cielo de mercurio bañaba
las tierras del antiguo Virú
que escribió con su sangre las páginas del tiempo.
Al lado izquierdo hay una pila de piedras
donde dejaba mis sacrificios al sol.
Al fondo aún está la casa donde crecí,
construida por mis abuelos,
pájaros de exilio que llegaron a la costa peruana
escapando de la guerra y de su guadaña de hierro.
Es de ladrillo blanco con paredes sin tarrajear,
ventana de cárcel, piso de achiote,
techo de totora y bambú.
En el centro aparece mi abuela Carmen,
siempre de falda y largas trenzas blancas.
Debe tener cincuenta y cuatro años,
yo cincuenta menos.
Estoy a su lado.
Visto una camisa a rayas, pantalones de costalillo
y los zapatos del desierto sudamericano.
Estamos de pie sobre un terraplén de arena
a orillas de un cerro al sur de Chorrillos
donde el viento, aliado del polvo,
escribió su nombre:
Ciudad de los Reyes Muertos,
26 de enero de 1983.
Eran los ochentas
Eran los ochentas.
Los jóvenes bailaban una música
que no podían entender, tenían peinados extraños
y usaban expresiones que nunca antes escuché.
Eran los ochentas.
Mi madre engordaba sus ojeras en una máquina de coser,
mi padre rompía más su espalda en las canteras del padecer
y no teníamos lo suficiente para comer.
Eran los ochentas.
La niñez me trataba como a un trapo,
enfermaba siempre de guerra y estupidez,
y los gobernantes sólo se preocupaban por cebar sus cuentas.
Eran los ochentas.
El monstruo hablaba en un lenguaje de sierpes y escopetas,
vivíamos en un circo de sombras,
e ignorábamos el mal que me acechaba como una fiera.
La memoria de las dunas
Y un día todo cambió.
Un día Dios y el demonio resucitaron
en el Rincón de los muertos.
Un día murió la razón y renació el odio
en el corazón de los hombres.
Y los seres humanos empezaron a matarse.
Llovió sangre.
Murieron gobernantes y camaradas,
guerrilleros y militares,
intelectuales y venáticos,
sacerdotes y seglares,
madres y padres,
hijos e hijas,
ancianos y niños,
musas y arpías,
culpables e inocentes.
Las murallas de Lima se hicieron más grandes.
Y conocí Gonzalos y Miráms,
hoces y martillos,
rehenes de la libertad
y asesinos de la democracia,
caballos locos y búfalos desquiciados,
gritos y lágrimas,
toques de queda y torres caídas,
cruces y cuchillos,
ametralladoras y hienas,
millones de heridos
y millones de muertos.
El enemigo estaba entre nosotros
y no lo estaba.
El hambre se apoderó de nuestras vidas
y tuvimos que mendigar pan en cada esquina.
Hubieron migraciones y aduanas,
fronteras y lágrimas,
y no pudimos volver a atrás.
De pronto nos dimos cuenta
que no éramos más que el polvo y la ceniza,
peces varados por la marea de la indiferencia,
una hojarasca de cerezo,
y nos dejamos llevar por el viento de la muerte.
Un día me volví triste para siempre.
Monday, January 12, 2009
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